La Ley del Piropo de Dolores Prida

de El Diario (NYC)

NO al Acoso

En tiempos pasados el equivalente de decir piropos era “echar flores” ya que los galanes de esquina regalaban a las mujeres que pasaban por su lado con ramilletes poéticos para expresar su admiración.

Otros equivalentes lingüísticos del piropo son “lisonja” y “requiebro”, que junto al españolísimo “camelar” implican adular y alabar con el propósito de seducir.

Pero eso era en los tiempos de las abuelas. Hoy día el lenguaje del “piropo” es crudo e insultante o suplantado por silbidos, ladridos y aullidos y las mujeres preferirían que esos Don Juanes callejeros cerraran sus hocicos y las dejaran transitar en paz.

Sería interesante analizar, si es que existieran, las estadísticas que demuestren cuantos hombres desconocidos han logrado seducir a cuantas mujeres desconocidas gritándoles groserías desde lo alto de un edificio en construcción o la puerta de una bodega.

Apuesto a que la cifra se acerca a cero.

Eso no quiere decir que no haya piropos que al menos por su creatividad, como por ejemplo, “Ay, mami, tanta azúcar y yo con diabetes” saquen una sonrisita a una que otra peatona. Pero esos son pocos.

En su gran mayoría el mal llamado piropo es un tipo de acoso sexual permitido mientras ocurra al aire libre, ya que por ley es prohibido y castigado si ocurre en los centros de trabajo.

¿Debe haber una ley que castigue el acoso sexual callejero?

Ya algunos países, como Italia y Egipto, han tomado ciertas medidas y otros están estudiando el tema. Hace un par de semanas, aquí en Nueva York, la concejala Julissa Ferreras llevó a cabo vistas públicas sobre este tema. Una de las expertas participantes dijo que “el acoso callejero es una forma de terrorismo sexual.” Otra aseguró que la eliminación del acoso callejero será uno de los más grandes objetivos de las mujeres en la década que ya comienza.

Una encuesta a nivel nacional reveló que el 90 por ciento de las mujeres encuestadas ha sido víctima de acoso callejero antes de cumplir los 19 años de edad. Debido al hecho de que son las adolescentes el blanco más común, algunas personas sugieren declarar los alrededores de las escuelas “zonas libres de piropo.”

Mientras que las mujeres adultas tienen los recursos emocionales y sicológicos de ignorar groserías o hasta reaccionar con un sombrillazo o carterazo bien colocado, las adolescente son más vulnerables y se sienten más intimidadas por el acoso sexual callejero, sobre todo cuando proviene no de un individuo solitario, si no de una manada de lobos babeantes.

Cualquier intento de regular el piropo, tiene muchos detractores. Por un lado, se amparan en la Primera Enmienda a la Constitución que protege la libertad de expresión, no importa cuén horrible sea la tal “expresión.” Aún si se aprobara tal ley, sería casi imposible aplicarla y hasta quizás se necesitaría un sistema judicial aparte para procesar los millones de juicios que resultarían de ella.

Como defensa, la mayoría de los hombres se apoyarían en que sus intenciones eran solo amistosas y que ellos no ven “nada malo” en expresar su apreciación por unas caderas contundentes. Los latinos seguramente alegarían que el piropo “es parte de nuestra cultura.”

Para las mujeres, parte de nuestra cultura y civilización, significa no ser tratadas como objetos o animales en el espacio público.

De esto hay más que hablar.

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