Gracias por contar esta historia compartida por miles.

Compartiré la última experiencia incómoda de miles. Me avergüenza, luego de leerlas a ustedes, ser, con 34 años, todavía tan débil para reaccionar.
Cruzando una avenida cercana a mi casa y muy transitada, me mira un tipo que se parecía muchísimo a un comerciante de enfrente de donde vivo. Por no ser guaranga, estando casi segura de que me miraba porque me conocía, lo saludé con un seco “hola, que tal”, y crucé cuando cambió el semáforo. El tipo me siguió dos cuadras diciendo gansadas, hasta que entré al supermercado, lugar donde tal vez me hubiera animado a mandarlo al demonio, ya que me sentía más protegida. Me limité a caminar rápido y callada, como hubiera hecho hace 20 años. Y quedé con dos sensaciones amargas: una, no haberlo mandadado al carajo, y otra, no poder compartir mi mal trago de vuelta a casa, porque mi pareja me hubiera culpado de “ir mostrando las tetas” -palabras literales de cuando salgo con un vestido o remera medianamente escotado, cuando la temperatura ronda los 30 grados-. Así que por primera vez, aquí lo comparto. Gracias.

Por Romina.