Satisfacción

De todas las experiencias incómodas que viví, esta que voy a contar es la que mejor recuerdo, porque fue la primera vez que me defendí. Iba en un colectivo de vuelta a casa, sentada en la fila de asientos individuales, y se paró un hombre justo al lado mío. Era la única persona parada, no tenía la excusa de que lo estuvieran emmpujando. Y como si fuera normal, el tipo se apoyó sobre mi hombro como esos desubicados que te apoyan de atrás cuando vas en el subte (con total impunidad, fue lo que más bronca me dio). La primera vez que lo hizo pensé que habría sido por un movimiento del colectivo y no hice nada, aunque estaba más que incómoda. A la segunda lo miré de reojo. Una siempre tiende a sentir vergüenza en una situación así, pero no es vergüenza ajena sino propia; si dice o hace algo se siente humillada. Por todo eso no iba a hacer nada, pero lo pensé mejor. A la tercera vez que se apoyó contra mi hombro (y se quedó ahí) me agaché en el asiento, y con el ademán de alcanzar la cartera que había dejado en el piso, justo entre mis pies, levanté el codo con fuerza y le pegué. No fue un golpe fuerte pero estoy segura de que le dolió. Y lo que más satisfacción me dio fue que lo miré a la cara y con mi sonrisa más exgaerada le dije “uyyy perdona”. El tipo se fue a parar a otro lado, y creo que nunca se debe haber olvidado de mi cara. Me consuelo pensando que lo que hice le sirvió para aprender a nunca joder con una mujer.

Por Connie.