Parece que toda la Capital es un gran acoso en potencia

Es difícil decidir qué situación de abuso prefiero contar. Por eso elijo sobre todo las de mi infancia. Porque a los 9 años me siguió un hombre por la calle y tuve que esconderme en un local de camisas chemea a la vuelta de mi casa. A esa misma edad un hombre me apoyó en el tren, cuando yo definitivamente no tenía idea de que esas cosas pudieran suceder. Recuerdo la sensación de tener algo molesto en el culo, hasta que me corrí y vi por primera vez una pija. No pude decirle nada a mi abuela, con quien viajaba. Pero recuerdo sentir la amenaza de que el tipo nos iba a seguir hasta mi casa. Fue por esa edad también cuando por primera vez me tocaron el culo. Esa vez estaba con una prima más grande, quien le gritó de todo al pendejo que iba en bicicleta. Tenía tetas y los tipos me decían cosas horribles y asquerosas por la calle. Una maestra tuvo que amenazar a un portero para que no nos molestara a mí o a mis amigas. Empecé a caminar encorvada, mirando para abajo. Mis problemas de columna son efectivamente por eso. Cuando el médico hace poco me dijo “esto es de mirar para abajo” yo no entendía por qué, si siempre voy segura por la calle. Me replicó “¿te desarrollaste de muy chica?”. Ahí entendí todo.
En primer año tuve que evitar al “tocador de culo” del subte que cada tanto aparecía por la línea A. Vos gritabas, y él gritaba más fuerte que vos y corría. Había otro que se masturbaba. Y desde ese momento me crucé con unos cuantos.
Ahora por suerte crecí y me empoderé. Grito, insulto o golpeo. Quizás a veces no mido las consecuencias. Una de las últimas veces que me siguieron a mi casa en auto, de noche, lo pensé y dije “son ellos o yo”. No me gusta temer por mi integridad física. Saqué una navaja y amenazando grité a los cuatro vientos para que se escuchara. Se fueron. Después me morí de miedo, de qué hubiese pasado si hubiesen respondido, y realmente no sé si está bien o está mal. Pero esa vez sí sentí que la amenaza era real, que no eran solamente un par de guarangadas.
Hay que involucrarse, hacerse respetar, gritar, enojarse, hacer partícipe al otro, a la gente que “inactúa”. No somos locas ni histéricas ni imbéciles.

Por Josefina.