Al rato empiezo a sentir como me estaba apoyando…

bitschin9

 

Una vez, hace más o menos un año y medio, volvía a mi casa de una entrevista de trabajo en el Centro. Como vivo en el Oeste, me tomé el Sarmiento para volver, que, a las 6, 7 de la tarde estaba lleno a más no poder. Yo iba parada, apoyada en los caños que están al lado de las puertas, “descansando” un poco el cuerpo ahí. Llegó un punto en que de tanta gente que subía en el tren yo no me podía ni mover. Recuerdo que en Floresta subieron varias personas, entre ellas un tipo, de aproximadamente 45, 50 años. Lo recuerdo perfectamente porque era muy parecido a mi suegro. Unas estaciones después, con el movimiento de la gente que subía y bajaba, el tipo este había quedado delante mío, de frente a mí. No le di importancia, no tenía ningún gesto ni nada que lo delatara como el pajero que resultó ser, y tampoco era la primera vez que viajaba en hora pico, así que tampoco me hice un escándalo por tener que viajar apretada.. hasta que al rato empiezo a sentir como me estaba apoyando, al muy desgraciado se le había parado. Al principio, no se si por miedo o por ingenuidad, decidí no darle bola al tema, supuse que si hubiera menos gente el hombre seguro no estaría tan pegado a mí, que era inevitable y seguro no era apropósito. Como pude, me corrí un poco. Bah, más que correrme me giré un poco de costado, para no estar tan de frente a él. Al toque siento como se giraba del mismo modo que yo, quedando otra vez de frente. Y así un rato largo, yo corriéndome, el corriéndose conmigo, y TODO el tiempo mirándome MUY fijo. Llegado un punto, levante mi pierna lo que pude, poniéndola dura, como para alejar la entrepierna de este hombre de la mía. Hacía TODA la fuerza que podía para alejarlo los pocos centímetros que fuera posible. Y ahí vino. La frase. La que logró que mi cabeza hiciera “click” y que por fin pensara “este tipo es un enfermo”. “¿Así que así va a ser la cosa bebe?”. Creo que hace mucho que no tenía tanto miedo en mi vida. Y aún así no dije nada, me callé la boca. No grité, no lo empujé, nada. Me quede ahí, con la pierna empujándolo. Y de repente, siento una mano, en mi cola. Gracias al cielo, a Buda y al chofer del tren, llegamos a Ramos Mejia, mucha gente bajo y yo me pude mover de donde estaba. Me corrí unos metros, a este hombre no lo vi más, y le pregunté a una mujer que estaba cerca mío si había visto bajar a este hombre, y me dijo que creía haberlo visto bajarse. Buenísimo, me calmé bastante (aunque tenía unas incontrolables ganas de llorar) y me pude sentar. A los no se, 10 minutos, miro para atrás mío y.. sí, ahí estaba, parado, mirándome. Fijo. Me levanté y empecé a caminar para el vagón de al lado lo más rápido que podía, lo cual no era mucho porque habíamos llegado a Morón y con la cantidad de gente que subió otra vez no podía moverme; pero miré alrededor mío y era imposible que el hombre pudiera verme desde el otro lado, por lo que me calmé y me quedé donde estaba. Quedé en el vagón de al lado, parada al lado de la puerta, esperando que pasaran rápido las 2 estaciones que me separaban de mi casa. Llegamos a Castelar. Se abre la puerta, bajan algunas personas y suben otras. Y lo veo. Caminando por el andén, buscando por las ventanas. Me vio. Se subió al vagón. Y fue el colmo. Me desesperé, me di cuenta de que me había seguido y de que ya no era un simple pajero que se aprovechaba de la multitud del tren. Este tipo me estaba acosando, y estaba segura de que cuando me bajara en mi estación me iba a seguir. Afortunadamente, en el último segundo mi instinto me dijo “bajate YA”, lo hice e instantáneamente la puerta del tren se cerró, empezó a andar, y el tipo quedó del lado de adentro, al lado de la puerta, mirándome fijo por la ventana. Me puse a llorar. De la bronca, de la impotencia, la humillación. Lloraba del miedo que había pasado y del miedo de lo que podría haber llegado a pasar, de la bronca hacia él, la bronca hacia mí por no haber pedido ayuda. Un hombre que esperaba en el andén a unos metros de mi me vio, me preguntó si estaba bien y si necesitaba ayuda. Le conté como pude lo que había pasado, me dio un pañuelo y hasta me preguntó si quería ir a la policía. Le agradecí y le dije que no, que sólo iba a llamar a mi casa para que me pasaran a buscar en auto. Esperé a mi mamá al lado de una parada de taxis, todavía llorando, pero en silencio. Otro hombre, que trabajaba ahí, sin preguntarme ni decirme nada me trajo un vaso de agua. Finalmente llegó mi mamá, y en el auto sí, pude llorar y sacarme todo de adentro.
Esto fue hace un año y medio, durante semanas tuve la imagen de este tipo en mi cabeza, me daba pánico viajar en tren. Con el tiempo pasó. Y ahora, escribo todo esto y lloro de nuevo. No sólo por mi, por recordar todo lo que sentí en ese viaje interminable. Lloro porque se que cosas así, y otras mucho peores, pasan TODOS LOS DÍAS, y me da bronca por cada una de las mujeres que son atacadas, manoseadas, ofendidas. Porque simplemente no es justo.

Por Natalia