A los 13 años escuchaba: “Qué lindo cuerpito”, “Cómo te levantaría la pollerita…”

Según recuerdo, si es que no bloqueé nada anterior, este fue mi primer “encontronazo” con el lado asqueroso del hombre. Ya había recibido piropos y más de un hombre se acercó a charlar conmigo, pero al aclarar mi edad pidieron perdón. Supongo que tuve suerte.

En aquella época mis padres todavía estaban casados y yo estaba recién saliendo a la pre-adolescencia. Fueron aquellos primeros años en los que ir sola al colegio era toda una novedad y todo era un mar de emociones. Claramente, con mis 13 años, quería animarme a salir sola a la calle. Y así fue; de a poco, quería convertirme en una persona ‘independiente’.

En mi primer año de secundaria, con 13 años, solo tenía que caminar 10 cuadras. 10 cuadras caminando derecho, derecho. Y me crié en el barrio, por lo que pocas cosas eran “nuevas”. En definitiva, todos los días a las 6.30 am salía con mi uniforme, mi mochila y mis zapatillas.

No me pasaban cosas llegando al colegio o a mitad del camino. Al lado de casa se había instalado un garage de taxis, punto de donde salían. Cuando llegó el invierno y a esa hora todavía era de noche, uno de ellos se ocupó de decirme cosas por lo bajo, todas las mañanas… Al principio fue “Adios, hermosa”, pasando a un “Qué lindo cuerpito”, “Cómo te levantaría la pollerita…” y demases cosas que sinceramente no recuerdo. Sí recuerdo su cara de alzado, un tipo cuarentón, muy pálido, siempre vestido igual.

Un día me cansé y le conté a mi vieja. Mi vieja le contó a mi viejo. Mi viejo salió y fue a preguntarles uno por uno quién había sido. Claramente, nadie le hizo caso. Llegaron a decirme “¿Estás segura de que fue alguien de acá?”. Entre el asco y la presión, no pude hacer más que insistir y llorar. Y tomarme el laburo de salir de casa y dar la vuelta a la esquina, para no ver a nadie.

Una tarde estaba con mi vieja hablando en la mesa, en lo que veo a mi viejo en la calle charlando con este tipo. Me puse pálida, me quedé quieta, se me caían las lágrimas. Mi vieja salió a correrlo; cuando mi viejo se dio cuenta, se ocupó de llevarlo al fondo del garage, a amenazarlo con cosas que (no) quiero imaginar.

Nunca más me dirigió la palabra, de hecho rara vez lo volví a ver.

Pero por ese lugar, diez años después, no puedo pasar.

 

Por Maryanne