cuando pasaba por la vereda, contraía todos los músculos (como si pudiera cerrar mis oídos) porque no quería escucharlo

Siempre me pasa lo mismo cada vez que voy a Pilates, SIEMPRE, SIEMPRE, me como el comentario de alguno. Y obviamente, siempre ardo de bronca y gracias a Dios y a este movimiento, empecé a levantar la cabeza y a no dejarme pisar.
Dos días a la semana camino las 4 cuadras que me separan del gimnasio y en algún momento se escucha algo. Hubo un caso en particular en el que me armé de coraje y no me callé. Este señor, unos 50, 55 años, mecánico él, siempre tenía algo para decirte, desde un “hola” medio lascivo hasta “mamita” y las qué se yo cuanto.
Más de una vez lo había visto parado fuera de su taller y cuando pasaba por la vereda, contraía todos los músculos (como si pudiera cerrar mis oídos) porque no quería escucharlo, pero lo hacía. Más de una vez lo ví con dos mujeres grandes, más o menos de su edad, y me daba ganas de ir y decirle: “señora, ¿usted es la mujer de este señor? ¿usted sabe lo que hace este señor cuando está solo?” pero todo terminaba en mi cabeza.
Un buen día, no hace mucho, pasaba por la vereda cuando escucho “hola, mamita”. Me dije a mí misma: “es suficiente”. Me di vuelta sin pensarlo dos veces, lo miré bien fijo a la cara y le dije: “USTED PODRÍA SER MI PADRE O MI ABUELO, ¿PODRÍA TENERME MÁS RESPETO?”. “Sí, sí, sí”, me contestó, no supo que decirme en realidad. NUNCA MÁS ME DIJO NADA. Y si lo llega a hacer, me va a volver a escuchar.
A partir de ese día, nunca más me quedé callada, todos me miran como que estoy loca, pero en realidad es QUE ESTOY HARTA.

Por Aldana