CONVOCATORIA 8 de Marzo 2012: “Desistir y resistir: parar con el abuso sexual en las calles, soluciones para los hombres” de Romina Zamborain

La cultura del “piropo” está instalada en nuestra sociedad desde hace muchísimo tiempo y siempre fue valorada como algo positivo, halagador y hasta necesario. De hecho, si buscamos su definición en un diccionario podemos encontrar explicaciones tales como “cumplido que un hombre le dice a una mujer”. Hasta acá nada nos resulta novedoso. La mayoría de los hombres y las mujeres comprende el concepto de la misma manera, dado que existe en el imaginario social la idea de que el piropo es una frase ocurrente o un verso con rima. ¿Pero qué pasa cuando una mujer transita en el espacio público? ¿Percibe estas palabras como un halago, necesita escucharlas? ¿Con qué frecuencia le ocurre y qué tipo de cosas escucha en cada situación? Todas las mujeres tienen muchísimas y variadas respuestas para estas preguntas, pero seguramente la mayoría de los hombres nunca se las haya formulado alguna vez y tampoco tenga idea de los relatos que podría llegar a escuchar. Los invito entonces, como primera medida, a realizar ese ejercicio. Los resultados pueden resultar sorprendentes cuando se tiene en cuenta la opinión de las mujeres sobre los piropos ¿Y por qué no hacerlo? Si, después de todo, ellas son las destinatarias.

A pesar de que muchas mujeres tienen un pensamiento machista y afirman que les gusta recibir cierta clase de piropos, todas coinciden en las experiencias desagradables y negativas que les ha tocado vivir cuando de evaluaciones masculinas hacia sus cuerpos se trata. Las miradas lascivas a los pechos y genitales, los comentarios violentos y sexuales, manoseos, gemidos, relamidos y acorralamientos se suman a la experiencia de transitar por las calles y ser “piropeadas”. ¿De qué depende todo esto? ¿Es la ropa ajustada o corta? ¿Es la edad? ¿La manera en que caminan? ¿La hora del día o el lugar por donde pasan? Si realizan esta encuesta como segundo ejercicio y cruzan todas las respuestas en busca de factores comunes, les anticipo que el único patrón que van a encontrar es el hecho de que todas son mujeres. No importa si llevaban una minifalda o una remera vieja tipo carpa, tampoco importa si pasaron por una obra en construcción o si tomaron el colectivo para ir a trabajar. Ninguna precaución es suficiente para evitar estos agravios.

¿Es exagerado pensar la cultura del “piropo” como un problema? Les propongo formularse esta pregunta como tercer ejercicio. Si la respuesta es afirmativa, entonces pueden realizar el próximo paso y empezar a pensar e investigar cuáles son las consecuencias en las mujeres. La exposición a este tipo de situaciones cotidianas genera malestar, miedo, incomodidad, rechazo, ira, entre otras sensaciones indeseables. Por lo tanto es habitual que la gran mayoría decida planear estratégicamente el camino por el que va a transitar, cruzarse de vereda, desviarse algunas cuadras, apurar el paso y hasta vestirse con ropa holgada o cubrirse con abrigos. La libertad de salir a la calle, caminar despreocupadamente, tomar un taxi o colectivo e ir a trabajar está bastante condicionada para las mujeres. Con todos estos datos ya estamos en condiciones de reformular esta denominada cultura del “piropo” desde un punto de vista más amplio, que incluya la perspectiva femenina. No es simplemente un cumplido, una frase ingeniosa, simpática y halagadora que dice un hombre, si no que la mayoría de las veces es una amenaza, un abuso, un gesto de dominio y un acoso verbal que una mujer sufre por parte del hombre en el ámbito público.

Entender la dimensión que tiene el abuso verbal callejero es un proceso complejo, pero también necesario para toda la sociedad. Nacimos, crecimos y vivimos en una cultura profundamente machista. Y, aun cuando no nos reconocemos en sus rasgos extremos, todos cargamos con sus estigmas más groseros o sutiles. Les propongo entonces, por último, empezar a invertir las ecuaciones más básicas y rudimentarias. A ponerse en los zapatos del otro. A cuestionar la imagen de las mujeres que nos imponen los medios masivos y las publicidades. A entender que “piropear” no es equivalente a ser ingenioso y halagar, sino que es incomodar, someter, evaluar, juzgar y abusar al otro; es limitar su libertad de transitar libre y sin miedo por el espacio público. La solución para los hombres es desistir de las viejas prácticas, animarse a criticarlas y a resistir junto a las mujeres contra el abuso verbal callejero.

Romina S. Zamborain

 

Una respuesta a "

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *