El “piropo”, la agresión sexual de todos los días: por Cristina del Mar Quiles // Noticel

Por: Cristina del Mar Quiles 27/05/2012

mujer mirando abajo, acosada en la calle

¿Cuántas pueden contar historias como estas? “Me fui a caminar por el Viejo San Juan. Camiseta, pantalón corto y tenis. Nada del otro mundo en un país del trópico. Me dio con almorzar por El Hamburger y siendo honesta, en el trayecto de la Norzagaray hasta unas cuadras después del Capitolio, como 11 o 12 hombres me pitaron, tiraron besos, hicieron gestos con la lengua y tocaron bocina sin reservas. Sonaré exagerada para algunos, pero honestamente fueron tan agresivos, me sentí incómoda. Me repetía: ‘eso es un idiota más…’ Al principio pensé recibirlo como piropos, pero uno de ellos hizo gestos que evidenciaron que no era de esa naturaleza, que esos acercamiento no buscan halagar a nadie. Todo esto ¿por estar caminando sola a las 11:00 a.m.?, ¿por ser mujer?, ¿por llevar pantalón corto? La verdad, me dio asco, me sentí violentada. A lo mejor estoy mal, pero no creo haberle dado permiso al mundo para objetivizarme así ni gritarme cosas”.
No es raro que cuando una mujer sale a caminar por la calle, independientemente de su edad, aspecto físico o vestimenta, se expone a este tipo de comportamiento por parte de algunos hombres.

En general, a las mujeres no les gusta que las anden piropeando desconocidos que les salen al paso, ni que les toquen bocina ni mucho menos que les hagan gestos obscenos desde el asiento del conductor del vehículo que van guiando. No es un halago, no es un cumplido, no las hace sentirse más bonitas ni les alegra el día. Pregúntatelo tú si eres mujer, pregúntaselo a tu madre o a tu hermana si eres varón. Ni el clásico “fiu fiu”, ni los versos más elegantones, ni el vulgar “tantas curvas y yo sin frenos”… cuando una chica va sola o acompañada, no quiere ser molestada de esa ni de ninguna otra forma.

Algunos dirán, como han dicho, que vivimos en un país donde hay libertad de expresión, pero ¿hasta qué punto se debe tolerar esa expresión que reduce a la mujer a un objeto cautivador de miradas transgresoras? Habrá que ir aprendiendo, que el que un hombre le toque bocina o le lance comentarios sexistas a una mujer con la que se ha topado de casualidad, puede constituir una agresión sexual.

“Sí constituye una agresión sexual”, sentencia la coordinadora educativa y de medios de la Coordinadora Paz para la Mujer, Adriana Alonso. “Todo lo que te haga sentir incómoda y apele a tu sexualidad como mujer, en tanto pasa los límites personales que tú has establecido, puede considerarse una agresión sexual”, argumentó.

Y es que el fin de una agresión sexual no necesariamente es satisfacer una necesidad o deseo sexual. Lo que resalta en estos tipos de comportamientos es que se trata de la manifestación de un esquema de poder y control, marcado por el machismo, el patriarcado y el sexismo. Por eso mismo es que se ha generalizado y las mujeres han tenido que lidiar. Los hombres lanzan comentarios y las mujeres aguantan, aligeran el paso, evitan el contacto visual y por dentro, quisieran que los tragara la tierra en ese mismo instante. Si alguna se queja, pues se echa encima todo un sistema que se ha establecido para abrirle paso a las manifestaciones machistas y unos argumentos fácilmente rebatibles como “eso es derecho a la libre expresión” o “deberías sentirte bien porque eso significa que eres bonita”. Pues no, no debería ser así. Es incómodo, no agrada y no hace sentir bien.

Ahora, “¿podemos reaccionar a la violencia de los chistes y los comentarios que nos ponen como objeto pasivo de frases soeces bajo la pretensión de ser piropos, cuando todo el sistema opera contra nuestra vivencia de esas situaciones?”, se pregunta la filósofa feminista argentina Diana Maffía en una ponencia titulada “Chistes, piropos y minués: las estrategias del macho acorralado”.

“La observación rompe un código, a veces violentamente, y entonces pasamos de víctimas a victimarias”, apunta Maffía. Es lo que ocurre cuando una mujer responde al comportamiento machista establecido. Por ejemplo, cuenta Maffía que se ha encontrado con hombres que le han lanzado comentarios como “decime qué querés que te haga, mamita”, entonces ella se detiene, lo mira y le pide que le recuerde el teorema de Göedel, o que le recite la Odisea en griego. “La respuesta produce pavor, la mirada del piropeador se llena de espanto: la violenta soy yo”, relata.

Así mismo le ocurrió en un sesión legislativa en la que le reprochaba a un diputado su mala práctica. “Mientras le estoy diciendo que faltó a su palabra me interrumpe: ‘ahora que te veo de cerca, qué lindos ojos tenés’. ¿Tengo que alegrarme, sentirme orgullosa de algo en lo que no tengo ningún mérito, cambiar mi enojo por un agradecimiento a su observación gentil? Opto por reprocharle doblemente su falta de palabra y el comentario desubicado y quedo como una amarga. La víctima es él: dijo algo agradable y se encontró con mi respuesta destemplada”, dijo.

“Es importante que los hombres entiendan que esto no está bien, que a nosotras no nos gustan esos llamados piropos. Las mujeres no nos pasamos por ahí diciendo piropos. Habrá quienes lo hagan, pero no es la norma”, sostiene Alonso. Enfatiza en el elemento de la manifestación del poder, sobre todo, cuando se ejecuta frente a un grupo y “queda como el más macho” porque rebate el argumento de que “ella se lo buscó”, ya sea por su vestimenta, por su forma de caminar o por andar sola a equis hora del día o de la noche.

“Vivimos en una sociedad que enseña a las mujeres a cuidarse de no ser violadas en vez de enseñar a los hombres a no violar”, es una de las frases que las mujeres han popularizado en la lucha por dejar de ser responsabilizadas por las situaciones en las que son ellas las que reciben la agresión. En ese camino por educar, también es necesario que los hombres aprendan lo más sencillo: no obstruir el derecho de una mujer a hacer algo tan normal como caminar tranquilamente por la calle.

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