Les mostré mi dedo medio por sobre el hombro y seguí caminando.

Estaba volviendo del almacén. Venía de mal humor porque había perdido plata. En la esquina de Santa Catalina y Agustín de Vedia hay una empresa de micros de viajes. Se ve que había uno en reparación porque había cuatro tipos en la parte del motor, revisando (tres vestían remera y jean sucios y otro más limpio, que supuse que era el jefe). Había otros dos asomados en una puerta secundaria del local, mirando.
Paso por enfrente de los cuatro que estaban en el micro, preparándome para escuchar los chiflidos, pero ni bola. De mejor humor paso por enfrente de los otros que estaban asomados. Los dos me miran y uno dice “Hola hermosa”, y algo que no entendí. Dispuesta a ignorarlo sigo caminando, pero la ira se me iba acumulando. Me acordé de esta página y me dije “no voy a dejar que se salgan con la suya”. En la esquina me di vuelta y le grité “POR QUÉ NO TE PONÉS A TRABAJAR, PELOTUDO”. Volví a mirar al frente, mientras él y el amigo empezaron a replicar, pero no merecían ni un segundo más de mi atención. Les mostré mi dedo medio por sobre el hombro y seguí caminando. Cuando volví a pasar por ahí, cinco minutos después, ya se habían ido.
A veces te da culpa usar los insultos, pero la verdad no te dejan otra opción. Esperemos que un día las neuronas de estos sujetos logren hacer sinapsis y se den cuenta de que no somos un objeto.

Por Dora
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