Análisis a base de una experiencia: culpabilización de la víctima

Hola a todxs. El texto es de por sí largo, así que solamente voy a decir que esta es una nota que escribí a raíz de una experiencia muy desagradable hace unos meses. Fue mi descargo, ya que por ese entonces me sentí profundamente incomprendida, invalidada y juzgada (y al día de hoy, todavía si cuento lo que pasó, habrán algunxs que me tacharán de “exagerada”). Comencé a empoderarme hace muy poco tiempo, por una amiga (a la cual menciono en la nota) que me abrió los ojos hacia el análisis de la cultura machista. Aún tengo mucho que aprender, pero quisiera colaborar a la causa con mi historia y su correspondiente reflexión. Se las paso tal cual la escribí en mi facebook:

“Tenía ganas de escribir una nota hace tiempo, pero estaba bastante colgada con todo y además tenía demasiado para decir, y por lo menos las personas que me conocen saben que me cuesta mucho resumir muchas ideas en algo concreto, y siempre termino llena de párrafos. Seguramente esta nota sea uno de esos casos, no sé bien porque estoy improvisando.

Antes que nada: si vas a leer esta nota, y le vas a dar me gusta, o vas a comentarla, por favor, que no sea con hipocresía, y en lo posible, sin prejuicios. Me gustaría invitar a la reflexión, a una sincera reflexión.

Esta última semana fue agitada y no tuve mucha suerte en algunos aspectos. Iba camino al trabajo en el colectivo y me robaron el celular. Ya lo repuse, pero al momento del hecho, recibí las acostumbradas amonestaciones por “ser descuidada y confiada”, por “hablar con el celular cerca de la ventanilla del colectivo, cuando todos saben que siempre aprovechan para robar en ese lugar” y por, básicamente, ser humana. Si siguen leyendo esto, van a notar que aunque no es el tema principal de la nota, guarda mucha relación con la misma.

Voy a hablar del otro episodio que tuve esa misma semana, el domingo. Para ahorrar en detalles: volvía de reunirme con unas amigas en la casa de una de ellas. Eran las dos de la mañana (me hubiera quedado a dormir, pero trabajaba al día siguiente), y volví a mi casa en remis. Cuando bajé y el auto se marchó, buscaba las llaves para abrir y casi me secuestra un tipo que se bajó de una camioneta. Sin profundizar, voy a decir que tuve mucha suerte y también me asusté como nunca en mi vida. Pero todo es enseñanza. Cuando me decidí a compartirlo con algunas personas, entendí que quizás este susto fue un llamado de atención para mí, para replantearme una vez más mi lugar en la sociedad, el lugar que, como mujer, se cree natural que ocupe.

Las respuestas que recibí cuando lo conté fueron, generalizando: “¿Por qué no le dijiste al remisero que te espere hasta que entres a tu casa?”, “¿Qué hacías a las dos de la mañana volviéndote en remis?”, “Deberías haber tenido las llaves a mano”, “La próxima llamá a un familiar para que te espere en la puerta”, “¿Y qué esperás? También vos, a la hora que volvés”.

Algunas vinieron de gente allegada, otras, de personas que no conozco tanto, y de alguna manera fueron predecibles y no me lo tomé como un ataque personal por el mismo motivo. Lo que sí sentí fue mucha impotencia, no tanto por mí, sino por las millones de mujeres que, día a día, no tienen la suerte que tuve yo y no pueden (porque han sido secuestradas y obligadas a la prostitución), o no podrán nunca más (porque les han quitado la vida con toda la impunidad del mundo), o creen que no pueden (porque les han enseñado que es así) escribir y reflexionar como tengo la oportunidad yo ahora.

Analicemos lo dicho y pensemos: ¿cuánto de todo esto es un reflejo de la profunda crisis social en que vivimos y del (aún) hegemónico eje machista de la sociedad? Pensemos más: ¿hubiera recibido, de ser hombre, respuestas distintas?

Si fuera hombre, ¿alguien me hubiera dicho que le pidiera al remisero que me espere, o es que eso es muy de “afeminado”, y en realidad hubiera correspondido que me pusiera a la par con el agresor y lo cagara a trompadas, porque los hombres se defienden a sí mismos y defienden a sus mujeres? Si fuera hombre, ¿habrían achacado mi encuentro con el agresor a estar en el lugar equivocado, en lugar de “estar volviendo a las dos de la mañana, una hora totalmente inapropiada para una chica”? ¿Por qué no es raro que un hombre ande solo por la calle a la madrugada, y sí es deleznable en caso de ser una mujer?

Les voy a contar como se llama esto, y me lo enseñó Julia, una amiga, y la única persona con la que hablé que me brindó una respuesta de comprensión, y no de prejuicio: culpabilización de la víctima. A través de invalidar el natural (y comprensible) derecho de sentirse abusada, irrespetada y violentada (en cualquiera de las formas que esto se pueda manifestar, a veces de las formas más cotidianas, como un “piropo”, y otras veces, con situaciones como la que viví yo), se encierra a la víctima en un lugar social que debe ocupar (de sumisión) y se justifica al victimario, afianzando la relación de dominación: porque se naturaliza el comportamiento desviado, como si fuera alguna clase de impulso innato de algunos miembros del género; consecuentemente, se naturaliza “protegerse” o “no provocar” o “no tentar” a que se le de lugar.

Por eso, fue mi culpa también que el chorro me afanara el celular, porque “di lugar”, “no me protegí”, “viajé del lado donde roban y dejé mi celular a la vista”. Así, tranquilamente, culpamos a quien ande por un barrio peligroso, por exponerse, y lo tratamos de confiado, de inconsciente, de distraído, o simplemente de pelotudo. Pareciera que un depredador, como claramente fue mi caso y en incontables otros, es más aceptado en la sociedad que una mujer. Para incluir a todos, también pareciera que cualquier depredador, frente a una persona que recibe su agresión, es más aceptado e incluido, tras este velo de naturalización, que la misma víctima.

Así, surgen los estereotipos, los prejuicios, los roles sociales, a los que se les suele adjudicar el carácter de “convenciones sociales”. No coincido. Yo no pedí que se me asignaran roles según mi género, que la palabra “mujer” signifique que deba protegerme de cualquier posible agresión. ¿Por qué debería elegir horarios “adecuados” para volver a mi casa, vivir pendiente de tener siempre la llave en la mano, salir acompañada, en lo posible con un amigo, o con mi padre, o mi novio? Porque soy mujer. Y porque siempre ha sido muchísimo más fácil echarnos la culpa. Porque nosotras provocamos con nuestra ropa, por eso nos silban. Porque tenemos muchas parejas sexuales, por eso somos putas y ningún “hombre como la gente” nos va a tomar en serio. Porque no sabemos huir a tiempo ante la primera denigración, ante el primer signo de violencia, cuando tenemos una pareja abusiva emocional o físicamente. Porque volvemos a casa tarde, y no se nos ocurrió la brillante idea de ponernos bajo el yugo de otro hombre, nuestra garantía de salvación y protección: por eso nos quisieron secuestrar.

Si no somos las mujeres que se espera seamos, si no dejamos que una etiqueta decida sobre nuestra vestimenta, las personas que metemos en nuestra cama, las personas de las cuales nos enamoramos, los horarios de nuestra vida, sobre nuestra libertad, indefectiblemente nos merecemos esta violencia doble: la del agresor y la de la sociedad.

Y algo importante que destacar es que este movimiento, el feminismo, no aboga por la mujer únicamente, sino por la igualdad entre los géneros (que no fueron, ni son, ni serán nunca sólo dos). Hay que admitir que, jerárquicamente hablando, siempre hemos estado un escalón más abajo; por ende, se nos ha censurado durante siglos, y es gracias a la lucha contra el modelo establecido que hoy podemos difundir nuestra opinión personal sobre el tema. Pero también, ¿quién garantiza que estar ese peldaño más arriba que ocupa el hombre es bueno? ¿Cuántas veces se aguantaron las lágrimas, el deseo de apoyarse en alguien, simplemente porque “los machos no lloran”? ¿Cuántas veces reprimieron su sensibilidad, porque eso es “de nenas”? ¿Cuán a menudo se valora la homosexualidad como el insulto máximo a la hombría, cuántos homosexuales sufren durante años en silencio, sin poder ser ellos mismos, temiendo el rechazo del mundo, incluso el de sus seres más queridos? ¿Cuántas veces, por el hecho de ocupar una casilla de “hombre” o “mujer”, quienes no se sienten de ningún lado en especial, han sido tachados de bichos raros, casi como enfermos mentales? ¿Y quienes cuyas mentes no coinciden con su género biológico? ¿Cuántas millones de personas viven bajo esta frustración, esta infelicidad, que deliberadamente prejuzgamos, permitimos y alimentamos?

Despierten: NADA JUSTIFICA LA VIOLENCIA, Y NO HAY UN SOLO TIPO DE VIOLENCIA.

¿Cuántas décadas más de abuso hacen falta para que abramos los ojos y dejemos de creer, con la inocencia de un infante, que las cosas ocurren de la nada, por una especie de ley natural que rige y da forma a la sociedad? ¿Cuándo vamos a entender que las convenciones sociales deberían ser un acuerdo entre todas las partes, y nunca la preponderancia de un sector sobre otro? ¿Cuánto tiempo más vamos a seguir esgrimiendo la gran falacia “protegete, porque el mundo es un lugar malo y no se puede hacer nada al respecto”? ¿Esto es la selva? ¿Nos faltan capacidades o simplemente somos tan cómodos que preferimos culpar siempre al otro, juzgarlo, invalidar su miedo, su dolor, su pérdida, en lugar de mirar en ese lugar donde se descubren las verdades, que nunca está a simple vista?

Muchos dicen que les indigna la violencia en todos sus tipos. Muchos hombres y mujeres abogan por la igualdad de género, pero son los primeros en juzgarte por tus parejas, por tus elecciones sexuales, por tu apariencia. Quizás sea la moda, esa moda de ser progresista en medio de un sistema tan hipócrita, que dice proteger los intereses de su sociedad, pero le conviene una masa callada, dispuesta a seguir rutas ya trazadas, los estereotipos, los roles preestablecidos. Está de moda opinar mucho y no hacer nada al respecto. Piensen, porque ninguna revolución se llevó a cabo indignándose solamente, opinando con vacuidad y pocos argumentos. Ninguna revolución cae en el concepto de “moda”, porque la única norma, lo único estable en la sociedad es el cambio, por más que te duela el darte cuenta que hay cosas que están mal en vos, en mí, en todos, y que hay que cambiarlas.

Por último, y ya cerrando, para cualquiera que diga que todo es puro idealismo, pura pelotudez, y que suena muy bonito pero es inviable, le digo:

Idiotez es elegir el silencio, cuando tenemos una voz que alzar. Idiotez es preferir que elijan por nosotros, preferir la comodidad del designio popular, en vez de analizar nuestro entorno. Idiotez es repetir axiomas sociales como loros, cosas que nos han dicho quienes nos criaron y educaron, sin siquiera cuestionarlo. Idiotez es preferir no mirar en nuestros interiores para discernir de dónde provienen nuestras inquietudes, llenándonos de entretenimientos vanos y efímeros. Idiotez es aceptar vivir con miedo, en constante paranoia, sintiéndonos culpables por ser violentados.

Idiotez es creer que no tenemos el poder de cambiar los hechos sociales.

Las generaciones que vienen, esos niños pequeños de ahora, algunos en la panza, algunos por venir, y otros acá, recién dando sus primeros pasos en la vida, son esas mentes que se están formando y que necesitan nuestra guía, nuestro consejo, para elegir, por ellos mismos, el camino que los haga felices. Algún día los veremos crecidos, cuando seamos más grandes, a ellos y a lo que han construido con las herramientas que les brindamos, con todo lo que les dijimos, con lo que les enseñamos.

Intentemos ser un poco como ellos: sabios en su inocencia, permeables de su entorno y tan dispuestos a aprender del otro y a admitir cuando no saben algo, cuando necesitan ayuda. Necesitamos aprender de las vivencias que nos comparte el prójimo, y más que nada, a abandonar la soberbia de creer que la única forma correcta de ver el mundo es la nuestra. Hay millones de maneras correctas y hermosas de vivir la vida, y si solamente dejáramos que cada quien eligiera la suya, descubriríamos que la sabiduría y el amor, dos cosas que parecen tan idílicas, tan de cuentos de hadas, siempre han sido nuestras.”

Desde ya, gracias por el espacio.

Por Corina

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