“Hermosa, mamita, te hago, te rompo, mi amor”

Son las doce del mediodía en pleno centro y un chico que parecía tener mi edad pasa al lado mío. Me escupe palabras rápidas, una detrás de otra. Siento su cara muy cerca de la mía aunque me concentro en caminar rápido. “Hermosa, mamita, te hago, te rompo, mi amor”, algunas cosas que pude distinguir aunque también me concentraba en no escuchar. Alevosamente me sigue rodeando para revisar mi parte de atrás cuando al fin termina de pasar. Pero atrás de él viene otro. Lo mismo, pero más exagerado. Como queriendo superar al primero, me cuchichea cosas parecidas con jadeos y gemidos pervertidos. Me sentí bloqueada, dura, y sucia, deseando que termine. Fueron unos pocos segundos más hasta que bajé la alerta, pero volví a ponerme tiesa cuando pasó un tercero. Era aún peor. La forma en que se me acercaba, me miraba y me siseaba competía con las de los primeros dos. Y otra vez “que mamita, bebé, preciosa, te chupo, te hago, te…” ¿Tengo que tener miedo? ¿Me puede pasar algo? ¿Me pueden tocar? No, cómo lo van a hacer, si estoy en la vía pública. Pero sin embargo lo hacen. Con la mirada me estrujan, con las palabras me obligan, con la postura me amenazan, con los gestos me acorralan, con los ojos me apretan, me usan y se aprovechan. De que están en la calle, de que nadie dice nada, de que son tres, de que son hombres, de que soy mujer. Se van mirándose entre ellos cómplices de lo que hicieron y mientras trato de calmarme, escucho las risas.
Por Guillermina
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